Y aquí estoy, esperando a que el carro de Faetón surque el cielo sin pizca de ganas de dormir y aferrado a tu recuerdo. El porqué no lo sé, quizá sea una broma de mi subconsciente que se olvida de que el día de los inocentes ya terminó hace bastante rato, o a lo mejor es que tu imagen me persigue como un némesis inevitable.
Malgré tout sigo vivo,
y quizá eso es lo que importa,
sigo oyendo música,
leyendo
entre el frío de la madrugada,
oteando el horizonte
cuando nadie más lo mira,
mojándome en la lluvia,
riendo en callejones,
muriéndome de pronto a cada paso.
Algunas noches, me parece encontrar tu olor entre las sábanas, pero me doy cuenta de que es tarde, y entonces me conformo con maldecir a Cortázar y a los relojes regalados, y a las historias de cronopios y famas que moldean un mutismo carpetovetónico por tu parte.
Malgré les malgrés, sigo vivo
y quizás eso sea lo que importa.
martes, 29 de diciembre de 2009
lunes, 29 de junio de 2009
Y ya por fin si miro algún espejo
se digna a devolverme la mirada
no sin antes reírse
de mi actual aspecto
como si no entendiera
lo lánguido y febril
del sufrimiento.
Y no sabe el espejo
del lento gotear de la clepsidra
inexorable
que acompasa los pasos del camino del olvido.
¡Qué sabrán los espejos!
¡Cristal lleno de envidia y de miseria!
y es mi propio reflejo que se ríe
de mi terrible estado
el que no sabrá nunca
de la triste alegría
de los besos.
jueves, 25 de junio de 2009

Esta noche vengo aquí a despedirme y a sostener que un hombre no es más que los pedazos de sí mismo que ha entregado en su sacrificio por otros. Todo lo que uno padece por sí mismo es mierda que cae en la arena donde nada nace. Lo que uno padece por otro, en cambio, es la semilla de la que brota el árbol de la memoria. Y ese árbol sostiene al hombre ante la amenaza de la arena y la mierda, el olvido y la muerte.
Lorenzo Silva. La Flaqueza del Bochevique
jueves, 18 de junio de 2009

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Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa,
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa,
y a solas su vida pasa,
ni envidiado ni envidioso.
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Fray Luis de León
lunes, 1 de junio de 2009
miércoles, 13 de mayo de 2009
La última sinfonía

No sé decir qué hora era, estaba demasiado oscuro para ver el reloj del puerto. Él estaba allí, la cabeza cubierta con lo primero que encontró: un viejo jarrón de cerámica desconchado. Lo miraba, apoyado sobre el frágil puente de madera mientras la tormenta arreciaba y los rayos descargaban su rabia rasgando el cúmulo de nubes que había usurpado el cielo.
Él se giró, poniéndose de cara al mar mientras se arrancaba la vasija de la cabeza y la estrellaba contra el suelo, dejando ver su rostro deforme, agitando las manos como si fuera un director de orquesta que marcara, desde aquel improvisado atril, el compás a los elementos en guerra.
Lo último que recuerdo, fue cómo un rayo alcanzaba la balaustrada y cómo su cuerpo se estremecía y se doblaba sobre sí mismo. Cayó de espaldas con los brazos abiertos, cerrando así tan macabra sinfonía.
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